Chapter One
Acerca de caminar sobre el aguaNo es el crítico el que cuenta; no es el hombre que señala
cómo el fuerte se derrumba o donde el que hace algo pudo
haberlo hecho mejor. El crédito le pertenece al hombre que
está en la arena . quien, a lo sumo, conoce al fin el triunfo de
un gran logro y, en el peor caso, si fracasa, al menos se atreve
osadamente. De modo que su lugar nunca será con aquellas
tímidas y frías almas que no conocen ni la victoria ni la
derrota.
Theodore Roosevelt
Hace algún tiempo, mi esposa me dio como regalo de cumpleaños
un paseo en globo aerostático. Fuimos al aeródromo y nos metimos
a una pequeña canastilla junto con otra pareja. Nos
presentamos e intercambiamos información sobre nuestras carreras.
Entonces el piloto comenzó el ascenso. Apenas había amanecido;
era un día claro, fresco y sin nubes. Podíamos ver completo el Valle
Canejo, desde los escarpados cañones hasta el Océano Pacífico. Era
pintoresco, inspirador y majestuoso.
Pero también experimenté una emoción que no había anticipado.
¿Sabes cuál?
El temor.
Siempre pensé que esas canastillas llegaban más arriba del
pecho, pero esta solo alcanzaba nuestras rodillas. Un buen tambaleo
habría sido suficiente para echar a alguien por la borda. Así que
me agarré con inflexible determinación hasta que los nudillos se me
emblanquecieron.
Miré a mi esposa, a quien las alturas realmente la despreocupan,
y me relajé un poco, sabiendo que había en la canastilla alguien más
tenso que yo. Lo sabía porque no se movía para nada, para nada en
lo absoluto. En algún momento de nuestro vuelo pasamos sobre un
rancho de crianza de caballos y, sin siquiera voltear o inclinar su
cabeza, movió solamente los ojos hacia un lado tanto como pudo y
me dijo: «Sí, es hermoso».
Ya para este momento decidí que me gustaría conocer al jovencito
que estaba piloteando el globo. Me di cuenta de que podía tratar
de autoconvencerme de que todo saldría bien, pero la verdad era
que habíamos confiado nuestras vidas y destinos en las manos del
piloto. Todo dependía de su carácter y capacidad.
Le pregunté cómo se ganaba la vida y cómo comenzó a pilotear
globos aerostáticos. Esperaba que su ocupación anterior estuviera
llena de responsabilidades: neurocirujano, quizás o un astronauta
que ya no pudo ir al espacio.
Supe que estábamos en problemas cuando comenzó a responderme:
«Viejo, es muy fácil .»
¡Ni siquiera tenía empleo! Lo que más hacía era surfear.
Dijo que comenzó a pilotear globos aerostáticos porque un día,
luego de tomar varias copas de más, comenzó a pasear en su camioneta,
la chocó y como resultado su hermano quedó gravemente
herido. Este no se había podido recuperar del todo, así que mirar
globos aerostáticos volar lo entretenía un poco.
«Por cierto –añadió-, si llega a caer en picada cuando bajemos,
no se sorprendan. Nunca he volado este globo en particular y
no estoy muy seguro de cómo va a resultar el descenso».
Mi esposa me miró y me dijo: «¿Quieres decir que estamos a
trescientos cincuenta metros sobre el suelo con un surfista desempleado
que comenzó a pilotear globos porque tomó varias copas de
más, chocó una camioneta, lastimó a su hermano, nunca ha estado
en este globo y no sabe cómo bajarlo?»
En ese momento la mujer de la otra pareja me miró y pronunció
las únicas palabras que alguno de ellos iba a decir en todo el vuelo.
«Usted es pastor. Haga algo religioso».
Así que recogí una ofrenda.
La gran pregunta en un momento así es: ¿Puedo confiar en el
piloto?
Podría convencerme a mí mismo de que todo resultaría bien.
Enfrentar el vuelo con una actitud positiva ciertamente haría el viaje
más placentero. Pero este terminaría pronto. La preocupación real
era el «tipo» que estaba piloteando el globo. ¿Eran su carácter y
capacidad suficientes para dejar confiadamente mi destino en sus
manos?
¿O era el momento de hacer algo cristiano?
Todos los días tú y yo recorremos otro tramo de nuestro viaje en
este globo gigante que gira en torno a un vasto universo. Solo tenemos
una oportunidad de hacerlo. Anhelo enfrentarlo con un gran
espíritu de aventura y riesgo. Y apuesto que tú también.
Pero a veces es un paseo muy incierto. Me gustaría que los bordes
de mi canasta estuvieran un poco más altos. Que el globo fuera más
resistente. Me pregunto cómo terminará mi viajecito. No estoy seguro
de la amanera en que voy a maniobrar en mi descenso.
Puedo tratar de convencerme a mí mismo para arriesgarme y
creer que todo saldrá bien. Pero la verdadera pregunta es: ¿Hay
alguien piloteando esta cosa? ¿Son su carácter y capacidad dignos
de confianza? Porque, si no, no quiero arriesgarme. Mi historia,
como la de todo ser humano es, al menos en parte, una lucha entre
la fe y el temor.
Debido a esto, he sentido atracción durante muchos años por la
historia de Pedro cuando sale de la barca y camina sobre el agua con
Jesús. Es uno de los mejores retratos del mayor significado del discipulado
en la Escritura. En los siguientes capítulos miraremos de cerca
cada detalle del relato para encontrar lo que nos enseña acerca de
caminar sobre el agua. Pero por el resto de este capítulo, hagamos una
toma aérea. ¿De qué está hecho alguien que camina sobre el agua?
Los que caminan sobre el agua reconocen la presencia de
Dios
Pedro y sus compañeros se metieron a un pequeño bote una tarde
para cruzar el mar de Galilea. Jesús quería estar solo, así que se fueron
a navegar sin él. A Pedro no le incomodó eso: había estado en
barcas toda la vida. Es más, le gustaban.
(Continues.)